El día a día y la montaña.

La montaña y la vida diaria. La vida diaria y la montaña.

Siempre que me paro a pensar en ello, recuerdo sentir que era algo totalmente ajeno, muy complicado de compaginar o incluso hacer de ello un método de subsistencia a no ser que fuera un guía de montaña o algún tipo de trabajador para una empresa de estas que incluían packs de aventura tipo rafting, barranquismo o puenting.

Nunca se me pasó por la cabeza que todo lo que sufría, disfrutaba e iba avanzando en el caminar o correr por ella, era una fuente inagotable de recursos emocionales ¡y por tanto, laborales!

Paso horas caminando o corriendo, cargado con una mochila más o menos pesada, en función de si es una carrera o una salida de varios días por senderos de montaña.

Miro el paisaje, voy viendo qué me voy encontrando y respiro de una manera u otra en función de cómo va aumentando el grado de dificultad del ascenso o juego más y más con la posibilidad de una bajada larga y técnica, llena de obstáculos.

La vista cambia con bastante rapidez al ir conectando valles, pasos de montaña y cimas, con lo que mi cabeza procesa información a unos ritmos que llegan a ser endiablados, a veces, para poder tener tiempo de retener tanto.

 

Tengo la sensación de que en uno de los días de marcha o en cada una de las carreras de larga distancia que disfruto, sí, has leído bien, disfruto, no disputo, se unen varias vidas en una misma jornada.

Emociones que van y vienen, de manera fluida. Recuerdos y memorias que aparecen en la cabeza, de cada una de las personas que he ido conociendo y amando, superación de barreras que cada nueva curva suponen un reto en los ascensos hacia la cumbre o de camino a la meta, disfrute de los altos para comer algo o simplemente disfrutar de las vistas gracias a la altura ganada.

Casi siempre voy solo. En las carreras va mucha gente pero nos terminamos distanciando o compartimos pequeños espacios de tiempo como son los avituallamientos, y en las salidas de varios días, al ir con peso, cada uno va encontrando su ritmo y se adelanta más o menos, de la pareja o del grupo.

Eso siempre me hace pensar en lo importante que es saber estar con uno mismo combatiendo los demonios internos y apaciguando tantos momentos de duda.

Al fin y al cabo, la única manera de sacar adelante las dificultades es lidiando conmigo.

Nadie va a hacer las cosas por mí, así que más vale apretar la mandíbula, afilar la mirada e ir a conseguir el objetivo marcado del momento.

De todas estas experiencias, siempre quiero regresar. De una manera u otra, por muy bien que me sienta, por muy lleno que esté, de disfrutar de lo impactantemente enorme que es la naturaleza, lo bestialmente hermosa que es la montaña y toda la explosión para los sentidos que son los olores, colores, sensaciones térmicas, estados de excitación.

Lo mejor de cada aventura es regresar al punto de partida, donde todo se planeó, se entrenó y se idealizó, para poder compartirlo, llevarlo a aquellos que lo soñaron contigo, se sintieron parte de ello o incluso plantearon que no sería posible.

Porque me convierto en una ventana abierta de par en par que disfruta de la oportunidad de llenar de ilusiones, mochilas que esperan ser llenadas de imágenes y mapas mentales.

 

Ahora que estoy a puntito de marchar a correr Ultra Fiord, en la Patagonia chilena y sólo de pensarlo al escribirlo, se me han erizado todos los pelos del cuerpo de pura pasión y ganas, te invito a que hagas una reflexión.

¿No te suena de nada, lo que te acabo de compartir? ¿Qué te viene a la mente cuando piensas en la montaña, cuando la vives, la sientes, la pisas y la disfrutas?

Te invito a darle la vuelta y trasladarlo a lo que vives cada día en con tu familia, en el trabajo o disfrutando de tu tiempo libre…

Verás que la montaña no queda tan lejos de la vida diaria, sino que la vida diaria es una preciosa montaña.

Con la motivación y la pasión por bandera, lucho contra el cáncer a través de actividades de montaña llevando un mensaje de fuerza a todos aquellos lugares donde llego. #NoLoPienses